Hace frío, más que de costumbre. Es un día extraño, con olores a jazmín y a ropa sucia. La ciudad se mueve frenética bajo mis pies y siento como desaparece el tiempo entre los dedos. La habitación es terroríficamente pequeña, me siento claustrofóbico e irremediablemente solo. El latir de la tarde palpita con un sol opaco y triste que se cuela con pocas ganas por el cristal sucio de la cocina.